El deconstructivismo
La arquitectura tardomoderna era aquella en la que se volvía a aceptar los postulados del racionalismo, y por lo tanto no compartiendo otras teorías arquitectónicas coetáneas en las que sí se tenían en cuentan elementos historicistas que inspiraban la decoración, el postmodernismo. Ya estuvimos analizando el High Tech, ahora vamos a ver a la otra gran corriente dentro del Tardomoderno, el deconstructivismo propio de finales del siglo XX y principios del XXI.
La década de los 80 significó el triunfo del neoliberalismo con Ronald Reagan y Margaret Thatcher a cabeza, el crecimiento descontrolado de las grandes ciudades, la codicia como acción que mueve el mundo moderno, y en general, una gran colisión con los valores que hasta ahora habían encauzado la vida.
Los 80 son los años de la búsqueda de la comodidad y de la estabilidad por encima de todo, aderezado con ciertas dosis de sostenibilidad. Lejos quedaban esas ansias de libertad e igualdad, quizá porque se sentían cerca de haberlo conseguido, al menos aparentemente. Es en este contexto en el que surge uno de los eventos significativos para el movimiento deconstructivista, el concurso internacional para el Parque de La Villette en París, cuyo diseño corrió a cargo de la mano de uno de los grandes arquitectos del movimiento, Bernard Tschumi en 1982.

Parque de la Vilette de Bernard Tschumi en 1982. Imagen en Wikipedia. Licencia CC
Otro de los acontecimientos que marcó el devenir de este movimiento arquitectónico ocurrió durante el verano de 1988. Los arquitectos Philip Johnson y Mark Wigley organizaron una exposición titulada "Arquitectura Deconstructivista" en el MOMA de Nueva York. En ella se mostraron los trabajos de Peter Eisenman, Frank Gehry, Bernard Tschumi, Rem Koolhaas, Daniel Libeskind y de la iraquí Zaha M. Hadid.
Esta corriente se inspiró en los postulados del filósofo Jacques Derrida fue un filósofo francés que habló sobre las múltiples interpretaciones que tienen los textos. A partir de lo que él llamó deconstrucción, es decir, un texto no tiene un único significado que es inamovible, por eso se hace necesario deconstruir obras del pasado para dotarlas de nuevas lecturas objeto del lenguaje que evoluciona constantemente.