Saltar la navegación

Frank Lloyd Wright y el organicismo

Frank Lloyd Wright y el organicismo

 

Frank Lloyd Wright. Imagen en Wikipedia. Dominio Público

Para un arquitecto americano, la dinámica social, económico y cultural de su país era un auténtico sueño hecho realidad. Riqueza, libertad creativa, ausencia de taras históricas y trabas academicistas… 
Frank Lloyd Wright nació en Richland Center (Wisconsin, norte de Estados Unidos) en 1867 y muerto en 1959 (Phoenix). Tuvo, por tanto, una larga vida en la que asistió al ascenso imparable de su país al rango de primera potencia mundial después de las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX. Fue una de las figuras más importantes de la arquitectura entorno a los años 50 y sus obras son claros ejemplos de la integración de la arquitectura en la naturaleza. 
Toda una autopista para que un arquitecto genial como el nacido en Wisconsin se convirtiera en el gran referente de la arquitectura orgánica en particular y de la del siglo XX en general. Partiendo del funcionalismo que aprendió en el estudio del gran arquitecto Sullivan (del que puedes conocer su obra visitando Chicago y ves todo lo que se construyó entre finales del XIX y principios del XX), Wright decide ir más allá y acercarse más al ser humano. Su arquitectura abandona las imposiciones racionalistas para abrirse a una libertad orgánica en la que sus únicas “obligaciones” eran tener en cuenta que la construcción debía encarnar la psicología del que encarga la obra y adaptarse al medio natural en el que se instalaba la construcción. Una de las demostraciones culminantes es la Casa de la Cascada o Residencia Kauffman. 
Esta obra se proyectó en 1935 a petición del dueño de unos grandes almacenes en Pittsburgh (Pensilvania). Fue diseñada como casa de campo, es decir, como lugar de esparcimiento fuera de la ciudad. Wright se había hecho famoso en su país, Estados Unidos, por diseñar lo que nosotros llamaríamos segundas residencias en un movimiento—del que fue partícipe e impulsor nuestro arquitecto—conocido como Escuela (o Estilo) de la Pradera (Praire School o Praire Style en inglés) que defendía una arquitectura autónoma en los Estados Unidos más enraizada en el propio paisaje y que rompiera, por tanto, con la tradición arquitectónica importada de Europa. De hecho, a finales del siglo XIX los EE.UU. no tenían un estilo arquitectónico propio (como se puede apreciar en la exposición de Chicago de 1893). 
La principal aportación de Wright a este estilo fue conseguir que las estancias interiores estuviesen abiertas unas a otras superando así el concepto anterior de estancias interiores como habitáculos cerrados. La idea de Wright da mucha amplitud y luminosidad al interior de las viviendas. El Estilo de la Pradera se caracteriza, además, por el predominio de las líneas horizontales, que recuerdan a los espacios abiertos del Medio Oeste de Estados Unidos, los tejados a cuatro aguas y grandes aleros que sobresalen de la construcción. 
La Casa de la Cascada, como podemos ver, mantiene el criterio de horizontalidad, aunque con alguna ruptura brusca, síntoma de la evolución personal del arquitecto, prescinde de los techos a dos o cuatro aguas y cambia los aleros por terrazas que sobresalen del edificio sin envolverlo asemejándose más bien a voladizos.
 

Casa de la Cascada, Frank Lloyd Wright. Casa de la Cascada, Frank Lloyd Wright. Imagen de Sxenko en Wikipedia.Licencia, CC BY 3.0 
La hace en 1937, se sitúa en medio de un bosque y justo encima de una cascada, lo cual complicaba sobre manera el diseño y la ejecución de la obra. Sin embargo, Wright es capaz de integrar a la perfección su edificio en un entorno tan particular como este, en el que los afloramientos rocosos (muchos de ellos se usan como paramentos del edificio), la aparición del agua y del bosque, casi podríamos decir que forman parte de la construcción. Casi todo lo que se ve del exterior es el gigantesco voladizo que se dispone sobre la cascada, de forma ortogonal y con un claro color crema que contrasta con el de la naturaleza que lo rodea. Al interior los espacios son independientes, tanto en cuanto a distribución como a diseño y uso, lo cual le confiere a la obra aún más creatividad y originalidad. Costó un millón de dólares y se levantó entre 1936 y 1939 
Fue diseñada como casa de campo, es decir, como lugar de esparcimiento fuera de la ciudad. Wright se había hecho famoso en su país, Estados Unidos, por diseñar lo que nosotros llamaríamos segundas residencias en un movimiento—del que fue partícipe e impulsor nuestro arquitecto—conocido como Escuela (o Estilo) de la Pradera (Praire School o Praire Style en inglés) que defendía una arquitectura autónoma en los Estados Unidos más enraizada en el propio paisaje y que rompiera, por tanto, con la tradición arquitectónica importada de Europa. 
De hecho, a finales del siglo XIX los EE.UU. no tenían un estilo arquitectónico propio (como se puede apreciar en la exposición de Chicago de 1893). La principal aportación de Wright a este estilo fue conseguir que las estancias interiores estuviesen abiertas unas a otras superando así el concepto anterior de estancias interiores como habitáculos cerrados. 
La idea de Wright da mucha amplitud y luminosidad al interior de las viviendas. El Estilo de la Pradera se caracteriza, además, por el predominio de las líneas horizontales, que recuerdan a los espacios abiertos del Medio Oeste de Estados Unidos, los tejados a cuatro aguas y grandes aleros que sobresalen de la construcción. 
La Casa de la Cascada, como podemos ver, mantiene el criterio de horizontalidad, aunque con alguna ruptura brusca, síntoma de la evolución personal del arquitecto, prescinde de los techos a dos o cuatro aguas y cambia los aleros por terrazas que sobresalen del edificio sin envolverlo asemejándose más bien a voladizos. Vista desde fuera, como el propio Wright deseaba, la obra mantiene una gran armonía con el entorno e inspira serenidad. El arquitecto quería que el sonido de la cascada estuviese siempre presente, pero que la cada no prestase atención a ningún ruido: se oye la cascada igual que se oye la quietud del paisaje. 
La integración en el entorno es magnífica y se han tomado los elementos del entorno para conseguir esta integración: las rocas se aprovecharon para llevar a cabo una sólida cimentación; los elementos que dan verticalidad a la casa están construidos con piedra nativa, con pequeños saledizos dando el aspecto de paredes con bajorrelieves. Los elementos horizontales, en cambio, ofrecen un fuerte contraste: se hicieron en hormigón colado in situ (un hormigón que se deposita y permite que endurezca en el sitio donde permanecerá en la estructura terminada). 
Los suelos y las paredes se recubrieron de piedra mientras que para los trabajos en madera, que tienen una gran importancia en la casa, se usó nogal. 


Interior de la casa de la Cascada. Frank Lloyd Wright Interior de la casa de la Cascada. Frank Lloyd Wright Imagen Lykantrop en Wikipedia. ©Fair Use 
Vista desde fuera, como el propio Wright deseaba, la obra mantiene una gran armonía con el entorno e inspira serenidad. El arquitecto quería que el sonido de la cascada estuviese siempre presente, pero que la cada no prestase atención a ningún ruido: se oye la cascada igual que se oye la quietud del paisaje. 
La integración en el entorno es magnífica y se han tomado los elementos del entorno para conseguir esta integración: las rocas se aprovecharon para llevar a cabo una sólida cimentación; los elementos que dan verticalidad a la casa están construidos con piedra nativa, con pequeños saledizos dando el aspecto de paredes con bajorrelieves. 
Los elementos horizontales, en cambio, ofrecen un fuerte contraste: se hicieron en hormigón colado in situ (un hormigón que se deposita y permite que endurezca en el sitio donde permanecerá en la estructura terminada). Los suelos y las paredes se recubrieron de piedra mientras que para los trabajos en madera, que tienen una gran importancia en la casa, se usó nogal. 
La planta principal, la más baja, ofrece una vista en tres direcciones, respetando el principio de planta abierta del que hemos hablado anteriormente. Dos terrazas, de marcada horizontalidad, se abren al curso del río, una, mientras que la segunda nos permite acceder a la visión de las rocas y la cascada. En la misma planta una espléndida galería nos hace acceder al bosque. 
La segunda planta, donde se encuentran los dormitorios y un estudio, tiene una terraza por cada espacio y, por fin, la tercera planta, tiene una galería dormitorio desde la que se puede acceder a una terraza. 
Aunque a lo largo de su trayectoria realizó muchas más casas, como la Casa Charles Ennis o Alice Millard, otra de sus obras más populares es el Museo Guggenheim de Nueva York. Aquí Wright pensó en las largas galerías de exposición que los visitantes debían atravesar dos veces, por eso, diseñó una espiral ascendente a la que se subía en ascensor, para bajar contemplando las obras poco a poco. Incluso inclinó suavemente las paredes del museo pues pensaba que podían verse con una perspectiva mejor y una iluminación adecuada. 
La Fundación Solomón Guggenheim era, posiblemente, la mejor coleccionista de lo que se conocía como pintura no objetiva del momento. La cuestión es que el propio Solomon Guggenheim pensaba que se hacía necesario un lugar digno para exponer su maravillosa colección. Y es ahí donde entra la figura de Frank Lloyd Wright, al que se le encarga un edificio que estará situado en el centro neurálgico de Nueva York, justo frente a Central Park. 
Nuestro arquitecto diseña un edificio genial cuyas obras se exponen en una única sala que es, en realidad, la rampa helicoidal que va bajando desde el punto más alto del museo. No hay límites, no hay espacios cerrados ni oscuros. Todo es una claridad prístina gracias al color blanco que todo lo inunda, a la inmensa claraboya que se abre a la luz natural en el techo del edificio y al espacio abierto que Wright diseña. Al exterior, el museo se presenta como un cono invertido de líneas blancas y sencillas que seguro que sorprendieron a los primeros viandantes del Nueva York de los años 50. Aquí Wright pensó en las largas galerías de exposición que los visitantes debían atravesar dos veces, por eso, diseñó una espiral ascendente a la que se subía en ascensor, para bajar contemplando las obras poco a poco. Incluso inclinó suavemente las paredes del museo pues pensaba que podían verse con una perspectiva mejor y una iluminación adecuada. La construcción sufrió numerosos retrasos pero en 1959, cuando Wright murió, la construcción estaba prácticamente terminada. 

Imagen de J - C Benoist en Wikipedia. Lic. CC La construcción sufrió numerosos retrasos pero en 1959, cuando Wright murió, la construcción estaba prácticamente terminada. 

Creado con eXeLearning (Ventana nueva)