El funcionalismo y Mies van der Rohe
Durante el siglo XX se van a producir una serie de cambios en la arquitectura, pero sin que pueda encontrarse un rumbo fijo; tenemos una multiplicidad de estilos que a veces tienen características comunes, pero en ocasiones son muy dispares.
El funcionalismo es una corriente, pero que no aparece unificada, sino que se ramifica. Podríamos decir que el lema de la nueva arquitectura es la forma sigue a la función; por eso puede decirse que el principio unificador es la función, es decir, las obras deben estar al servicio de aquello que constituye su finalidad; la belleza estará entonces en la forma que se corresponda con la función. Sin duda, el racionalismo está en la base de este modo de entender la arquitectura. Sin duda, las condiciones económico-sociales de principios del siglo XX contribuyen a explicar el auge del funcionalismo, pues se produce un cruce entre los intereses de los arquitectos (ingenieros, artistas) y el de los industriales. Se dejan atrás los principios del art-noveau para centrarse en la función, porque se entiende que la comodidad (habitabilidad, bienestar) es la verdadera fuente de la belleza. Aquí los ornamentos sobran, salvo que contribuyan a la función, aunque Adolf Loos rechazaría incluso esto, porque la simplicidad debe ser una máxima irrenunciable.
La Deutscher Werkbund (una asociación de arquitectos, artistas en industriales) es sin duda un antecedente de la Bauhaus (Walter Gropius, urbanista y arquitecto alemán) y anticipó en buena medida los principios que nosotros encontramos en el funcionalismo.
Las características
Lógicamente, la época y sus innovaciones nos ayuda a comprender en buena medida el funcionalismo, pues sin los nuevos materiales, que irrumpieron en la arquitectura del siglo XIX (metal, cristal y, además en el siglo XX, el hormigón armado) no podrían haberse llevado a la práctica las ideas de los arquitectos que agrupamos en el nombre de «funcionalistas». De hecho, las cubiertas—ahora más ligeras y con apoyos cada vez menores—no serían pensables sin estos nuevos materiales, como tampoco el ascenso vertical (rascacielos) podría ser llevado a término sin ellos.
Materiales de una vivienda. Imagen de Marcelahernandezmoreira en Wikipedia. Licencia, Creative Commons
Las ideas que convenimos en llamar funcionalismo tienden a la simplicidad de las formas, porque parecen adaptarse mejor a la función. Así, las líneas rectas, los ángulos que formen éstas y las superficies simples (lisas) adquirirán protagonismo. Con el tiempo, cuando las nuevas mediaciones técnicas invadan el trabajo arquitectónico, algunos arquitectos se darán cuenta de que estas ideas son cartesianas: ideas claras y distintas, que se expresan mediante el lenguaje matemático y binario (ordenadores).
Como corolario de esta apuesta por la simplicidad tenemos una vuelta a las formas elementales de la geometría: cubo, esfera…, que se combinan en virtud de la función que se pretenda en las edificaciones. Evidentemente, la eliminación de todo lo que sea ornamento se deduce de las dos características anteriores de manera que menos es más. Esto hará que el edificio «se invierta»: el núcleo central—lo que se puede llamar estructura—será cada vez más importantes y los demás elementos (desde las paredes hasta los ascensores) quedarán de alguna manera colgados de esa estructura; de este modo, podría decirse que ahora se empieza la casa por el tejado.
Sin embargo, el funcionalismo es algo más, pues no sería pensable sin tener en cuenta no sólo la creciente industrialización de las sociedades occidentales, sino también el protagonismo que fue adquiriendo la clase obrera: debían hacerse edificios pensando primero en las necesidades de quienes los debían habitar. Esto llevó, al menos parcialmente, a abaratar los costes de la construcción (fabricación en serie; por ejemplo, de las paredes y ventanas) y a la supresión de los elementos decorativos, propios de un arte «burgués» (el modernismo, el art decó). Esto se expresa adecuadamente en la muy citada frase de Le Corbusier: «La casa es una máquina de habitar» haciendo referencia al principio del abaratamiento de la construcción y a su producción industrial.
Mies Van der Rohe y Le Corbusier
La Bauhaus, en Alemania, supuso una revolución, pues fue quizás el primer movimiento que intentó unificar el arte con la técnica; es decir, se busca la belleza también en la producción industrial. Walter Gropius hizo del lema la forma sigue a la función—que quizás se debe al arquitecto estadounidense Louis Sullivan—el principio básico de la Bauhaus. Ya hemos dicho, que tiene su antecedente en la Deutscher Werkbund.
Gropius, quizás preocupado por el ascenso nazi, dejó la Bauhaus, que desde 1930 hasta el año de su clausura en 1933 fue dirigida por Mies van der Rohe, que para esa época ya era un arquitecto reconocido (había colaborado con la Werkbund y hecho, entre otras obras, el Pabellón de Alemania en la Exposición de Barcelona de 1929—pabellón para el que diseñó su reconocido sillón—o la famosa Villa Tugendhat, en la República Checa).
Pabellón de Alemania. Mies Van der Rohe (1929). Imagen de H. P. Schaefer en Wikipedia. Lic.CC
Había conocido a Mondrian hacia 1922 (el pintor desempeñaría un papel cuanto menos curioso en la transformación que experimentó la Bauhaus) y también puede apreciarse la influencia de este artista en la forma que van de Rohe tuvo de entender el espacio y la arquitectura.
En 1937 decidió dejar Alemania, debido a las presiones nazis, y se trasladó a Estados Unidos (donde fundará el Instituto de Tecnología—experiencia que duró casi veinte años, desde 1939 a 1956—, en el que asume los principios básicos y prolonga en cierta medida la Bauhaus), país en el que residió el resto de su existencia. Así, pues, los principios que encontramos en Adolf Loos, Walter Gropius, Mondrian y la Bauhaus ejercen una influencia decisiva en la obra de van der Rohe, que es considerado uno de los representantes más destacados del funcionalismo.
Dentro de un racionalismo muy marcado, Mies van del Rohe muestra un gusto exquisito por el cuidado de los materiales.
Mies Van der Rohe. Imagen Wikipedia. Dominio público.
Quizá su característica más evidente sea el amor que siente hacia los espacios abiertos. Sus construcciones buscan siempre el exterior, miran hacia fuera para integrarse con el entorno. Tras unos primeros proyectos en los que el arquitecto de Aquisgrán pone las bases para la construcción de los grandes rascacielos, conoce a los artistas del grupo abstracto De Stijl, entre los que estaba Piotr Mondrian. Sus pinturas le inspiran mucho más de lo que parece, ya que a partir de ese momento, sus construcciones se hacen más accesibles, menos potentes y más cercanas, con paredes limpias y que miran al exterior, con espacios que sobresalen del edificio integrándose en el espacio externo del propio edificio. No son espacios diáfanos, pero sí sin grandes elementos que impidan el fluir de un espacio a otro. Sin duda, los materiales fueron uno de los intereses centrales en la arquitectura de Mies van de Rohe fueron los materiales: acero, vidrio, ladrillo, pero también la piedra y el mármol contribuirán a que los edificios de este arquitecto sean tan personales como identificables.
Los muros cortina (de vidrio) serán característicos de sus grandes edificios, rascacielos; pero también son características las formas—cubos, rectángulos—y la apertura al espacio; podría decirse que las obras arquitectónicas de van der Rohe esculpen el espacio que las rodea, lo hacen visible.
Mies van der Rohe. Farmsworth House. Mies van der Rohe. Imagen de Jack Boucher en Wikipedia. Licencia, Public Domain e Imagen de V. Grigas en Wikipedia.. Lic. CC
Sin duda, los materiales fueron uno de los intereses centrales en la arquitectura de Mies van de Rohe fueron los materiales: acero, vidrio, ladrillo, pero también la piedra y el mármol contribuirán a que los edificios de este arquitecto sean tan personales como identificables.
Los muros cortina (de vidrio) serán característicos de sus grandes edificios, rascacielos; pero también son características las formas—cubos, rectángulos—y la apertura al espacio; podría decirse que las obras arquitectónicas de van der Rohe esculpen el espacio que las rodea, lo hacen visible. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en una de sus obras más reconocidas, el edificio Seagram, en Nueva York, cuya forma cúbica nos recuerda a un monolito que señala un espacio diferente; sin duda, como el edificio para IBM de Chicago, es también un símbolo del poder de las grandes corporaciones y su diseño responde a la evolución que el capitalismo sufrió a partir del final de la Segunda Guerra Mundial.




